El ascenso ha devuelto al Racing al lugar que le corresponde, pero también ha reabierto la pasarela de los selfies institucionales. Es la hora de recordar que este club lo salvaron los aficionados y un proyecto serio, no los mismos responsables públicos que aplaudieron, ampararon o miraron hacia otro lado durante los años de Pernía, Ali y Harry.
La foto fácil y la memoria corta
En Cantabria hay una larguísima cola para salir en la foto cuando el Racing gana, pero muy poca gente dispuesta a asumir responsabilidades por lo que ocurrió cuando el club se desangraba entre concursos, operaciones opacas y consejos de administración rodeados de siglas y bufandas oficiales en el palco.
Hoy vemos a representantes públicos llenando redes sociales con camisetas verdiblancas, tuits de felicitación y paseos por El Sardinero, como si el Racing fuera un decorado más de su campaña permanente y no una entidad que casi desaparece mientras ellos gobernaban, callaban o directamente legitimaban a los que mandaban.
Basta tirar de hemeroteca para comprobar que el empresario Ahsan Ali Syed fue recibido en Cantabria con honores y elogios por la máxima autoridad autonómica, que lo presentó como un “hombre rico” y, sobre todo, “sabio”, antes de que su operación de compra derivase en un fiasco que dejó al club al borde del colapso financiero.
Años después, el propio Syed, investigado por fraudes en Suiza, señala a Francisco Pernía como cerebro de aquella operación, mientras la justicia española le ha condenado por apropiación indebida por su etapa al frente del Racing, confirmando al menos una parte de lo que la afición intuía desde hacía tiempo.
Pernía, Harry, Ali: la etapa de la chusma
La historia está escrita: los administradores concursales apuntaron a Pernía como responsable de posibles irregularidades en la gestión y pidieron que devolviera casi cinco millones de euros al club, además de su inhabilitación y la del propio Ali Syed.
El Partido Popular llegó a expulsar a Pernía por “comportamientos no éticos” al frente de una entidad privada con marcado componente público, dejando claro que el daño al Racing trascendía lo puramente deportivo.
Mientras tanto, Ángel Lavín, Harry, se convertía en el rostro de una de las etapas más vergonzosas del club, hasta el punto de ser condenado por administración desleal y figurar en la primera sentencia firme por intento de amaño documentado en el fútbol español.
Aquella cúpula directiva, con Pernía moviendo los hilos en la sombra y Harry como peón en el palco, intentó incluso forzar un descenso ajeno para salvar sus cuentas, una forma de entender el fútbol que nada tiene que ver con los valores que la afición racinguista reivindicó en los peores años.
Nada de esto se hizo de espaldas al poder político: la compra por Western Gulf Advisory se presentó con sonrisa oficial, y las instituciones tardaron demasiado en entender que no se trataba de un problema privado, sino de un asunto que afectaba a la reputación de Cantabria y a su principal embajador deportivo.
Por eso chirría tanto ver hoy a algunos de aquellos responsables —o a sus herederos políticos— reivindicar la historia del club como si hubieran formado parte de la resistencia y no del paisaje institucional que permitió que la chusma se instalara en el palco.
Quienes de verdad salvaron al club
Si el Racing sigue vivo es porque hubo gente que se jugó algo más que la foto: aficionados de a pie, pequeños accionistas, peñistas y jugadores que se plantaron contra esa deriva cuando todavía era más fácil callar que alzar la voz.
El Asalto al Palco, por mucho que incomodara a algunos despachos, fue un grito de supervivencia de una hinchada que veía cómo su club se le escapaba de las manos, y que decidió decir “basta” en uno de los actos de protesta más simbólicos del fútbol español reciente.
Poco después, la plantilla protagonizó un plante histórico en la Copa del Rey, negándose a jugar ante la Real Sociedad para denunciar los impagos y la situación límite provocada por el Consejo presidido por Harry, un gesto de dignidad que fue aplaudido por la grada y reconocido como emblema de lucha por la justicia en el deporte.
Mientras desde las instituciones se pedía calma y se condenaban las formas de la protesta, la afición organizaba campañas, firmaba manifiestos, llenaba concentraciones de “Fuera chorizos” y exigía un Racing libre de aquellos gestores y del entramado que los sostenía.
El proyecto de Sebastián y Higuera
El ascenso a Primera no es un milagro caído del cielo ni el fruto de una foto de protocolo en el palco, sino el resultado de un proyecto articulado con cabeza, riesgo y compromiso por parte de Sebastián Ceria y Manolo Higuera, que asumieron el mando cuando el nombre del Racing estaba manchado y el margen de error era mínimo.
Ceria apostó por un modelo de club sostenible, profesionalizado y conectado con la comunidad, mientras Higuera ponía su prestigio y su tiempo al servicio de una causa que muchos daban por perdida, con la subida de 2026 como prueba de que los caminos largos, y no los atajos, dan resultados en el fútbol.
Este proyecto no se explica sin un racinguismo que sostuvo al equipo en las tardes más frías, en los campos más pequeños y en las categorías que nunca debieron pisarse, manteniendo el orgullo cuando la marca Racing se asociaba más a juicios que a victorias.
Ni sin una afición que, lejos de envejecer y diluirse, se ha rejuvenecido y feminizado, llenando El Sardinero de nuevas voces, nuevas miradas y nuevas formas de entender el sentimiento verdiblanco, mucho más diversas y menos dependientes de los viejos rituales de palco y comilonas.
Un Racing lejos del palco político
Por todo esto, el debate no es si los políticos deben estar o no en El Sardinero —el Racing también es institución, y las instituciones deben estar—, sino cómo y desde dónde quieren estar.
Si su presencia se limita a la foto del día grande, al tuit ingenioso y a la bufanda en campaña, sobran; si entienden que su obligación es garantizar un ecosistema limpio, transparente y exigente para que jamás se repita la etapa de Pernía, Ali y Harry, entonces serán bienvenidos.
El Racing que ha vuelto a Primera no necesita padrinos, necesita respeto.
Respeto a su historia, respeto a la afición que lo rescató del abismo, respeto al trabajo discreto y serio de quienes lo han reconstruido ladrillo a ladrillo, y respeto a una nueva generación de racinguistas —más jóvenes, más mujeres, más diversa— que no tiene ninguna nostalgia de la vieja foto en el palco, pero sí una enorme ambición de futuro.
Quizá el mejor homenaje que pueda hacer hoy la clase política al Racing no sea hacerse un selfie con la bufanda, sino comprometerse de una vez a no volver a poner al club al servicio de operaciones dudosas ni de amiguismos de partido.
Porque si algo han demostrado estos catorce años es que, cuando todo lo demás falla, sólo queda la gente… y la gente, en Santander, ya ha demostrado que está dispuesta a salvar al Racing las veces que haga falta.













