El 16 de mayo de 2026 queda ya tatuado en la memoria del racinguismo como el día en que el equipo regresó a Primera 14 años después, pero también como la confirmación de que el rumbo elegido por Sebastián Ceria y Manolo Higuera tenía sentido. Mientras el estadio estallaba con el 4‑1 al Valladolid y el ascenso se hacía realidad, en el palco se completaba otra historia: la de un máximo accionista y un presidente que apostaron por el Racing cuando todavía no era un valor seguro, cuando el club vivía más de las urgencias que de los sueños.
En esa mezcla de alivio y felicidad, muchos miraban al césped, pero también hacia arriba, hacia quienes han puesto la cara, la firma y el patrimonio para que el club dejara de hablar solo de supervivencia y pudiera volver a pensar en futuro.
Un tándem forjado en la amistad
La foto de este Racing que sube a Primera se entiende mejor si se mira a dos personas: el matemático y empresario argentino Sebastián Ceria, y el abogado y exfutbolista Manolo Higuera. Ambos se aliaron en 2023 para adquirir, a través de la sociedad Sebman Sports International, cerca de tres cuartas partes del capital social que estaba en manos de Alfredo Pérez y Pedro Ortiz, los anteriores dueños de la entidad.
No fue una operación al uso. Ceria llegó al club no tanto movido por un cálculo financiero como por una historia personal: casado con una santanderina y amigo de Higuera, aceptó entrar en un Racing que todavía arrastraba heridas económicas y de reputación, y lo hizo –como se ha explicado en varias ocasiones– más por romanticismo que por la expectativa de grandes dividendos. Desde el primer día quiso que quedara claro que él ponía el respaldo económico y una visión de largo plazo, mientras que el día a día quedaba en manos del presidente cántabro.
El matemático que eligió un club herido
Ceria no es un inversor cualquiera: construyó y vendió con éxito compañías vinculadas al análisis cuantitativo de riesgo financiero, un terreno donde los números mandan y las emociones sobran. Sin embargo, al hablar del Racing lo hace en un registro muy distinto. Él mismo ha explicado que entra en el club “con gran humildad y entusiasmo” y con la intención de aportar su experiencia como aficionado, empresario y matemático para que el Racing vuelva a ser “un emblema de la identidad de la región” y se pueda “soñar en grande”.
Con el tiempo, su discurso ha ido ganando una dimensión más social. En una de sus intervenciones más recientes, defendía que el fútbol es “uno de los pocos lugares donde todavía se puede pensar en una idea de comunidad”, un espacio donde no importa la procedencia ni la ideología y donde un gol es capaz de abrazar a desconocidos. Esa forma de entender el club como herramienta para unir a la gente encaja con la labor que desempeña también al frente de la Fundación Racing, desde la que insiste en que el éxito deportivo debe ir acompañado de un impacto positivo en la sociedad cántabra.
Higuera, el presidente que pasó de sobrevivir a construir
Si Ceria aporta el músculo y la visión externa, Higuera representa la raíz local y el conocimiento íntimo de lo que significa el Racing para Santander. Nacido en la ciudad en 1964, fue delantero verdiblanco en los años ochenta y ya conoce el sillón presidencial, que ocupó entre 2015 y 2018 en uno de los momentos más delicados de la historia del club, con una deuda que llegó a superar los 42 millones de euros y una entidad al borde del colapso.
Él mismo ha recordado que en aquella etapa “se estaba sobreviviendo” y que, en algunos meses de 2016, tanto él como miembros del cuerpo técnico tuvieron que poner dinero de su bolsillo para poder pagar. Ahora, en cambio, habla de una fase nueva en la que el Racing “está construyendo”, con una deuda recortada en varios millones y un proyecto “a largo plazo” compartido con Ceria. Ocho meses después de regresar a la presidencia, ya se atrevía a decir que un ascenso “cambiaría la vida de todos”, especialmente la del club, por el impacto que tendría en los ingresos y en la estabilidad económica.
Mariposas en el estómago antes del salto
Los días previos al duelo frente al Valladolid dejaron una imagen muy humana de Higuera. El presidente admitía tener “mariposillas en el estómago” ante la posibilidad de que el Racing regresara a Primera y se negaba incluso a pronunciar la palabra “celebración” por superstición, convencido de que daba mala suerte. Insistía en que en el fútbol a veces se gana, se empata o se pierde, y en que el equipo debía centrarse en competir sin dejarse arrastrar por la euforia.
Ese tono prudente contrastaba con la realidad de un club que llegaba lanzado a la jornada 40, con el estadio prácticamente lleno cada fin de semana y un ambiente que el propio Javier Tebas, presidente de LaLiga, destacaba al señalar que el Racing era el líder en tasa de ocupación de la categoría, por encima del 90%. Higuera, por su parte, repetía una idea que hoy, con el ascenso consumado, cobra todavía más sentido: “No puedo estar más orgulloso de mi afición”.
Ascenso como validación de un proyecto
El ascenso supone también una validación contundente del plan que Ceria y Higuera vienen defendiendo desde que se hicieron con el control del club: apostar por la continuidad, por un cuerpo técnico sólido, por un modelo de juego valiente y por una gestión que combine ambición y responsabilidad. En poco tiempo, el Racing ha pasado de mirar al fondo de la tabla con miedo a instalarse en la parte alta de LaLiga Hypermotion, compitiendo “con los mejores” pese a tener un presupuesto menor que otros rivales históricos.
El salto a Primera, además, abre una nueva dimensión económica. Higuera ha recordado que un Racing en la máxima categoría puede llegar a ingresar del orden de 40 millones de euros por derechos de televisión, cifras que permitirían consolidar la estructura deportiva y acometer reformas largamente demandadas, como la mejora de los Campos de Sport y la ampliación de las instalaciones de Nando Yosu. No es solo un ascenso deportivo: es una llave que puede cambiar el tamaño del club.
La autoestima recuperada de un club pionero
Cuando Ceria compró el paquete mayoritario y se asomó por primera vez al palco de El Sardinero, el Racing todavía arrastraba la resaca de años de ruina y descrédito, tanto dentro como fuera de Cantabria. Hoy, con el equipo de vuelta en Primera, el relato es otro: el de un club centenario que ha sido capaz de reconstruirse y de reivindicar su lugar en la élite, apoyado en una afición que ha llenado el estadio y en unos dirigentes que han preferido hablar de comunidad, de proceso y de futuro antes que de atajos.
En más de una entrevista, Ceria ha subrayado que su objetivo, junto a Higuera, es “marcar una época” en el Racing, tanto en lo deportivo como en lo social. La noche del ascenso no cierra esa ambición; la inaugura. El matemático que se enamoró de un club herido y el presidente que se empeñó en no dejarlo caer ven cómo su plan se traduce, por fin, en lo que más entiende el fútbol: un resultado, un ascenso, un estadio en pie coreando el nombre de un Racing que ha vuelto a creer.













