Hay noches en las que el fútbol deja de ser un juego y se convierte en una especie de ajuste de cuentas con la vida. La del 16 de mayo de 2026 es una de esas fechas que el racinguismo no va a olvidar jamás: el Racing vuelve a Primera División catorce años después, tras imponerse 4‑1 al Valladolid y aprovechar el tropiezo del Almería ante Las Palmas. Lo que dice la estadística es sencillo; lo que siente el corazón, no tanto. Porque este ascenso no es solo un regreso. Es la puerta que por fin se cierra a un tiempo en el que el club jugó demasiado cerca del precipicio, en lo deportivo y en lo económico.
Catorce años dan para mucho. Para descender en Anoeta en 2012 y ver cómo se evaporaba de golpe la mejor década de la historia del club. Para que el equipo, que se había acostumbrado a mirar de tú a tú a cualquiera en Primera, se viera de repente obligado a discutir su propia supervivencia, con impagos, cambios de dueños, protestas, amenazas de desaparición y tardes de barro en campos donde el escudo parecía fuera de lugar. Han sido años en los que el racinguismo ha tenido que aprender a querer al Racing no por lo que era, sino por lo que aún podía llegar a ser.
Y mientras el equipo bajaba categorías y levantaba la vista buscando una salida, hubo dos nombres que nunca dejaron de sobrevolar la conversación, aunque ya no estuvieran aquí: Nando Yosu y Manolo Preciado.
Catorce años de infierno con el recuerdo a cuestas
Quien hoy vea las imágenes de El Sardinero roto de alegría, con los jugadores llorando y la gente abrazándose sin conocerse, quizá no entienda del todo por qué este ascenso duele casi tanto como alivia. Duele porque para llegar hasta aquí hubo que tragarse descensos consecutivos, ver al club caer incluso hasta la tercera categoría del fútbol español y convivir con la idea terrible de que aquel histórico fundador de la Liga podía desaparecer.9
En esos años oscuros, al racinguismo solo le quedaban dos cosas innegociables: la camiseta y la memoria. La camiseta para llevarla incluso cuando daba pudor mirar la clasificación; la memoria para no olvidar que hubo un tiempo en que este escudo jugaba en Europa, peleaba semifinales de Copa y llenaba El Sardinero contra cualquiera. La grada siguió viniendo incluso en los días en que el club era una pelea permanente en los despachos. Y es imposible no pensar que, en esa fidelidad casi irracional, hay mucho de lo que enseñaron Yosu y Preciado: no se abandona lo que se quiere, aunque duela.
Nando Yosu, el brujo que nos enseñó a creer
Cuando hoy el Racing celebra un ascenso, es inevitable mirar hacia la “Curva Nando Yosu”, ese mural que recuerda al técnico que, literalmente, salvó al club del descenso cuando nadie más parecía capaz. Nando fue jugador, entrenador y secretario técnico; dirigió al Racing en 129 partidos en Primera, el segundo que más veces ha ocupado el banquillo del club en la máxima categoría, y se le recuerda como el hombre al que se recurría cuando “el agua llegaba al cuello”.
Falleció en 2016, a los 76 años, dejando al club “huérfano” de una figura que había pasado a la categoría de mito. Sus gestas están contadas mil veces: aquella manera de sacar “conejos de la chistera”, de convertir imposibles en permanencias, de recordar que el Racing podía sobrevivir incluso a sus peores dirigentes si el equipo y la afición empujaban juntos. Una parte de este ascenso también es suya, aunque él no lo vea. Cada vez que el racinguista, en estos años de infierno, ha dicho “de esta también saldremos”, estaba invocando, consciente o inconscientemente, al viejo brujo de Munguía.
Manolo Preciado, la voz del fútbol que no se rinde
El otro nombre que resuena esta noche es el de Manolo Preciado. El chaval de El Astillero que jugó en el Racing entre 1977 y 1982, defensa central de carácter, 102 partidos y un ascenso a Primera a sus espaldas con la camiseta verdiblanca. Luego se hizo entrenador, encadenó ascensos, se convirtió en icono del fútbol modesto y, sobre todo, en símbolo de una manera de entender la vida: seguir adelante pese a los golpes.
Murió en 2012, de forma repentina, justo en el año del descenso del Racing a Segunda, a punto de firmar con el Villarreal. Su historia personal, marcada por tragedias familiares y, aun así, por una capacidad casi inhumana para levantarse una y otra vez, sintoniza perfectamente con lo que ha tenido que hacer este club en estos catorce años. Caer, tocar fondo, recibir golpes que parecían definitivos… y volver a intentarlo.
Preciado debutó como técnico en Primera precisamente con el Racing, en la temporada 2002‑03, y su relación con el club siempre fue algo más que profesional: era racinguista, de corazón y de carácter. Esta noche, cuando el equipo por fin regresa a esa Primera que él conoció como jugador y entrenador, cuesta no imaginárselo con ese bigote y esa sonrisa abierta, abrazado a Yosu en algún lugar del fondo norte. Si hay justicia poética en el fútbol, hoy han tenido su propio ascenso.
Un regreso que también es un duelo
El Racing vuelve a la élite catorce años después y, sin embargo, la fiesta tiene algo de procesión. La gente canta, llora, salta… pero hay lágrimas que no son solo de alegría, sino de memoria. Porque en estos años han desaparecido demasiados racinguistas anónimos que no han podido ver este día, y también se fueron algunos de los nombres que mejor explicaban lo que es este club. Nando Yosu y Manolo Preciado no están, pero cada vez que sonó el himno, cada vez que un niño pidió una camiseta por Reyes en los peores momentos, era un trozo de ellos el que seguía vivo.
Por eso este ascenso tiene un sabor raro: es dulce, pero arrastra el poso de todo lo vivido. No se puede borrar la angustia de Anoeta, ni los campos de Segunda B, ni la sensación de estar a un paso de la desaparición. Pero tampoco se puede olvidar que, precisamente en esos años de barro, el Racing encontró algo que quizá había perdido en la comodidad de Primera: el sentido de pertenencia, la certeza de que ser de este club es una forma de estar en el mundo, no solo de celebrar triunfos.
Lo que nos deja este ascenso
Volver a Primera no borra el infierno, pero lo resignifica. Ahora, cuando miremos atrás, esos catorce años no serán solo una sucesión de descensos, impagos y penurias, sino el camino que hubo que recorrer para volver con la cabeza alta. Y ahí es donde entran Nando y Preciado: en la idea de que, aunque el marcador vaya en contra, aunque la categoría sea ingrata, aunque parezca que no hay salida, uno no abandona a los suyos.
Es tentador decir que esta noche el Racing “vuelve de entre los muertos”, como titularon algunos cuando el equipo se rehízo de los golpes más duros. Pero quizá la verdad es otra: el Racing nunca llegó a morir del todo porque hubo quien lo sostuvo en brazos cuando parecía un cuerpo sin pulso. Lo sostuvieron los que siguieron yendo al campo, los que pelearon en los despachos, los que compraron acciones simbólicas, los críos que se hicieron del Racing cuando más fácil era elegir la camiseta de un grande de fuera. Y, en el recuerdo, lo sostuvieron también Nando Yosu y Manolo Preciado, figuras que enseñan que lo importante no es dónde juegas, sino cómo lo haces y con quién.
Esta noche, mientras el marcador del 4‑1 al Valladolid se quede guardado para siempre en la memoria y el Racing vuelva a aparecer en la parrilla de Primera, muchos levantarán la vista al cielo antes de mirar al césped. No hará falta decir nombres. Todo el mundo sabrá a quién va dedicado este ascenso. A los que se fueron, a los que se quedaron… y, muy especialmente, a dos hombres que enseñaron que en Santander, pase lo que pase, siempre merece la pena seguir adelante.














