El Racing volvió a Primera División como lo hacen los equipos grandes: goleando en casa, con el estadio lleno y una ciudad entera empujando detrás. La victoria por 4-1 frente al Real Valladolid en los Campos de Sport, unida al tropiezo del Almería ante la UD Las Palmas, certificó un ascenso que el racinguismo llevaba catorce años esperando. No fueron solo tres puntos, fueron el final de una travesía larga por categorías que nunca habían sentido como propias.
La noche del ascenso ya dejó imágenes difíciles de olvidar: un Sardinero con más de 22.000 personas, en el que se colgó el cartel de “no hay billetes”, convertido en un hervidero de nervios primero y de euforia desatada después. Hubo lágrimas, gritos y abrazos en la grada cuando el cuarto gol cerró el partido y puso por escrito lo que muchos ya intuían en el corazón: el Racing regresaba a la élite del fútbol español. Desde ese momento, la fiesta se desbordó hacia otros puntos de Santander y la ciudad comenzó a teñirse de verde y blanco.
Las celebraciones se extendieron por lugares emblemáticos como la plaza de Cañadío, el Río de la Pila o la zona del Sardinero, con bares a rebosar, calles tomadas por aficionados y bengalas encendidas en mitad de la noche. Los jugadores del Racing llegaron incluso a subirse a una de las farolas icónicas de Cañadío, liderando cánticos rodeados de miles de personas que no querían que la madrugada terminara nunca. Santander amaneció al día siguiente con resaca de alegría, pero también con una cita marcada en rojo: la gran fiesta oficial del ascenso, prevista para el domingo en los Campos de Sport.
El club había anunciado que la celebración del regreso a Primera se concentraría el domingo 17, con El Sardinero como epicentro y con una rúa previa por las principales calles de la ciudad. Los protagonistas serían los “héroes” del ascenso, como los define el propio Racing, subidos a un autobús descapotable que saldría a las 19:30 horas desde las Instalaciones Nando Yosu. La idea era clara: compartir el éxito con la afición, convertir la ciudad en una prolongación del estadio y regalar al racinguismo una tarde a la altura del hito deportivo conseguido.
A la hora marcada, las inmediaciones de las instalaciones ya eran un hervidero de gente. Miles de racinguistas se agolparon para ver cómo el autobús, customizado de verdiblanco, arrancaba el motor y comenzaba un recorrido que duraría alrededor de dos horas y media. Desde el primer metro de la rúa, los jugadores, técnicos y empleados del club se vieron rodeados por una marea de bufandas y banderas que los acompañó en todo momento, entre cánticos, vítores y teléfonos móviles grabando cada segundo.
El itinerario no fue casual: la caravana cruzó buena parte del corazón de Santander. Del Túnel de Valdecilla a Cuatro Caminos, de La Marga a Marqués de la Hermida, del Pasaje de Peña a Calvo Sotelo, y de ahí al Paseo de Pereda, Reina Victoria y la plaza de Italia, antes de enfilar la recta final hacia los Campos de Sport de El Sardinero. Cada tramo del recorrido fue sumando más aficionados, en aceras, balcones y rotondas, hasta convertir la rúa en una auténtica caravana verdiblanca.
Durante el trayecto, los jugadores devolvieron parte del cariño recibido lanzando decenas de balones, camisetas y gorras a la multitud, pequeños tesoros que los aficionados se disputaban con una sonrisa en la cara. Las bocinas de los coches se mezclaban con los cánticos de “Racing, Racing” y con los clásicos himnos que han acompañado al club en sus noches grandes, mientras el autobús avanzaba despacio, casi a la velocidad de las emociones que lo rodeaban.
Mientras tanto, el estadio también empezaba a latir. Las puertas de los Campos de Sport se abrieron a las 19:30 horas para que los aficionados pudieran entrar con calma y seguir la rúa en directo a través de los videomarcadores, gracias a una retransmisión especial emitida también por el canal oficial de YouTube del Racing. De esta forma, quienes optaron por esperar al equipo en el estadio pudieron vivir también, a distancia, el avance del autobús descapotable por la ciudad.
El club había remarcado que el acceso a la fiesta en el estadio estaría limitado a abonados y simpatizantes de la temporada 2025-2026, y que se esperaba un lleno similar al de los grandes partidos. Los abonados podían entrar directamente con su carné y ocupar su asiento habitual, sin necesidad de ningún trámite adicional, mientras que los simpatizantes debían retirar una entrada gratuita a través del Portal del Abonado. La advertencia del propio club lo decía todo: lo más probable era que el estadio se quedara pequeño ante la respuesta de la hinchada.
El momento clave estaba fijado a las 22:00 horas, hora prevista de inicio del acto central dentro de El Sardinero. Para entonces, ya se daba por hecho que el autobús habría llegado al aparcamiento del estadio, con margen suficiente para que quienes habían seguido la rúa por las calles pudieran entrar y acomodarse en las gradas. El mensaje del club era claro: todos debían tener tiempo de sumarse a una celebración que se definía como una “noche mágica” para el racinguismo y para toda Cantabria.
En paralelo a la logística y los horarios, quedaba la parte más difícil de describir: el componente sentimental. Para muchos aficionados, el regreso a Primera cierra un círculo que comenzó con el descenso y los años posteriores de incertidumbre, viajes a campos modestos y temporadas marcadas por más preocupación que ilusión. Ver de nuevo al Racing en la máxima categoría, con un ascenso rubricado en casa y una ciudad entera volcada, permite a buena parte de la afición reconciliarse con una idea muy simple: que el club vuelve al lugar que sienten que le corresponde.
La escena de miles de racinguistas acompañando al autobús descapotable, en una tarde de primavera que parecía hecha a medida para la celebración, sirve como metáfora perfecta de lo que significa el Racing para Cantabria. Familias enteras, jóvenes que apenas recordaban la última etapa en Primera y veteranos que han visto casi de todo, compartiendo el mismo grito de orgullo mientras el equipo avanzaba hacia el estadio que ha sido testigo de tantas alegrías y decepciones.
Dentro de El Sardinero, convertido de nuevo en escenario principal de la historia del club, la fiesta del ascenso tomó forma con el equipo ya consagrado como protagonista de una temporada inolvidable. Las gradas, ocupadas por abonados y simpatizantes, se convirtieron en un enorme abrazo colectivo a los jugadores y al cuerpo técnico, a quienes el propio Racing ha definido como “héroes” de este regreso a la élite. No se trataba solo de aplaudir un éxito deportivo, sino de agradecer un viaje que ha devuelto la ilusión a todo un territorio.
Al final, la caravana verdiblanca y la noche de celebración en Santander quedarán como algo más que una fecha en el calendario. Serán el recuerdo de cuando una ciudad entera decidió echarse a la calle para acompañar a su equipo en el camino de vuelta a Primera, catorce años y 600 partidos después de su última vez en la élite. Una noche en la que el Racing dejó de mirar hacia atrás y comenzó, por fin, a mirar al futuro desde el lugar donde siempre soñó estar.












