Diez años después de que Fernando Trío Zabala, Nando Yosu para siempre, se apagase en Santander un 20 de febrero de 2016, el minuto de silencio que le dedicó El Sardinero sigue resonando en cada partido. No hace falta que el delegado levante el brazo ni que el árbitro mire al cielo: basta con que el Racing salte al césped, la grada mire a la Curva Nando Yosu y alguien susurre “a ver si hoy hacemos un milagro más”.
Este aniversario coincide con otro número redondo: los 113 años del club, que ha preparado un fin de semana entero de gestos hacia su leyenda más grande, desde el entrenamiento a puerta abierta en las Instalaciones Nando Yosu hasta el homenaje en los prolegómenos del partido ante el Burgos. No es casualidad: celebrar al Racing sin recordar a Nando es contar la historia con la mitad de las páginas arrancadas.
El chico de Munguía que se hizo cántabro
Nando nació en Munguía, Vizcaya, en 1939, pero a los trece años su vida tomó rumbo definitivo cuando la familia se trasladó a Nueva Montaña. Ahí, entre barro, descampados y campeonato playero, empezó a tejerse un vínculo con Cantabria que ya nunca se rompería: primero como delantero centro en un equipo de la Calle Madrid, luego en la Agrupación Deportiva Nueva Montaña y en la selección juvenil de Cantabria, hasta que el Racing se fijó en él y le abrió la puerta del filial, el Rayo Cantabria.
Era un extremo izquierdo rápido, habilidoso, de los que encaran sin preguntar, y en la temporada 1958-59 debutó con el primer equipo en Segunda División, marcando seis goles en 24 partidos. Participó en el ascenso a Primera en 1960 y llegó a debutar en la máxima categoría ante el Zaragoza en El Sardinero, antes de seguir su carrera en el Valencia —con dos Copas de Ferias— y otros clubes, para acabar regresando a Cantabria como jugador y, casi sin darse cuenta, empezar a convertirse en algo mucho mayor que un técnico.

El talismán al que se llamaba cuando “el agua llegaba al cuello”
La leyenda de Nando Yosu no se entiende tanto en pizarras como en pulsos anímicos. El Racing acudía a él cuando el descenso dejaba de ser una amenaza abstracta para convertirse en una realidad que asomaba debajo de la puerta del vestuario. Entre mediados de los noventa y 2006, fue el entrenador al que el club llamaba en las primaveras angustiosas: cuatro veces evitó que el equipo cayera a Segunda, hasta el punto de que la palabra “milagro” dejó de sonar a exageración y empezó a utilizarse casi como término técnico.
Su temporada completa en el banquillo, la 77/78, es hoy un relato fundacional: once últimas jornadas con seis victorias, dos empates y sólo tres derrotas, 20 puntos de entonces que hoy servirían para salvar a más de uno del abismo. Lo hizo con un equipo que marcó pocos goles pero defendió como si en cada balón se jugara algo más que una categoría, derrotando en El Sardinero al Real Madrid campeón y cortando las alas a un Sporting que peleaba por meterse en la élite del fútbol español.
Aquella vez firmó la primera remontada histórica en Primera que dio la vuelta a un equipo prácticamente desahuciado y lo dejó un año más en la élite; décadas después, entre 1996 y 2006, respondió una y otra vez a la llamada de urgencia del club, encadenando cuatro salvaciones más cuando el agua ya rozaba el cuello y culminando su último milagro en 2006, con aquella remontada ante Osasuna que desató el delirio en Los Campos de Sport.
Por eso, cuando se dice que Yosu fue “el técnico talismán”, no se habla de superstición sino de memoria colectiva: salir a hombros por evitar un descenso, llorar una permanencia como si fuese un título y abrazar a un hombre que parecía entender mejor que nadie el sufrimiento compartido de un club y una ciudad.
La curva, las instalaciones y el eco de una voz
El club y la afición han ido levantando, con el tiempo, un mapa sentimental para que su figura no se diluya. En El Sardinero, la Tribuna Norte luce la Curva Nando Yosu, con un gran mural que recuerda al “brujo de Munguía” y al Racing que supo salvar cuando todo apuntaba a naufragio. En La Albericia, las instalaciones donde crecen los canteranos llevan su nombre desde 2011, acordado por Ayuntamiento, Gobierno autonómico y club, como si quienes mandan hubieran entendido que algún día un chaval necesitaría mirar al cartel y preguntar “¿y quién era este?” para escuchar la historia completa del racinguismo.
Cuando falleció, a los 76 años, el Racing abrió las puertas del estadio para que los aficionados pudieran dejar velas, escribir en un libro de firmas y despedirse como se despide a un familiar cercano, no a un personaje público. Juan Antonio “Tuto” Sañudo dijo entonces que el racinguismo se había quedado huérfano; Manuel Higuera, que Nando era “una de las figuras clave de la centenaria historia del club y la más relevante para la afición”. Son frases que se han quedado pegadas a su nombre como una segunda camiseta.

Un homenaje que mira al futuro
Este décimo aniversario llega con el Racing de nuevo en el alambre competitivo, como tantas veces en su centenaria historia, y quizá por eso el recuerdo de Yosu pesa todavía más. El club ha preparado un entrenamiento a puertas abiertas en las Instalaciones Nando Yosu y un homenaje especial antes del partido ante el Burgos, con minuto de silencio y una camiseta conmemorativa que une pasado y presente. No se trata sólo de nostalgia, sino de una forma de decirle a la plantilla actual: ya hubo otros que salieron de situaciones peores, ya hubo un hombre que demostró que nada era imposible si se defendía ese escudo como él pedía.
Para muchos aficionados jóvenes, Nando Yosu es una curva, un nombre en una fachada, una foto con cejas enormes y traje impecable; para quienes le vieron pasear por Santander, tomar un vino en los bajos del casino o conversar de fútbol en cualquier esquina, sigue siendo esa mezcla extraña de entrenador, padre, consejero y héroe de barrio. Y para el Racing, en este 20 de febrero de 2026, es sobre todo una brújula: la prueba de que, incluso en los años más oscuros, siempre hubo alguien capaz de señalar el camino de vuelta a casa.
En el fondo, el mejor homenaje que puede hacerle el racinguismo a Nando no está en una placa, ni en una camiseta especial, ni siquiera en un minuto de silencio perfecto. Está en cada tarde en la que el equipo, acorralado, decide pelear un balón imposible, defender una ventaja mínima o creer que todavía hay margen para un milagro más. Porque mientras el Racing siga creyendo en eso, el recuerdo de Nando Yosu seguirá, como dice el tópico esta vez cierto, más vivo que nunca.














