El Sardinero olía a día grande desde mucho antes de las cuatro y cuarto. Apenas habían pasado 72 horas del esfuerzo copero y el racinguismo volvió a presentarse en masa a la llamada del equipo, dispuesto a convertir la sobremesa del domingo en un examen de jerarquía ante un rival directo. Enfrente, una UD Las Palmas que llegaba lanzada, sin perder desde noviembre, empatada a puntos con el Racing y con la mochila del 3-1 de la ida aún pesando en la memoria cántabra. El guion invitaba al respeto; la tarde acabó en reivindicación.
José Alberto tiró de once tipo, con la única novedad de Manex Lozano arriba, mensaje claro de que el duelo iba mucho más de competir que de especular. El arranque fue amarillo: Jesé y Viera comenzaron a filtrar balones entre líneas, Fuster probó a Ezkieta y el Racing necesitó unos minutos para asentarse. Con el paso del reloj, el conjunto cántabro empezó a empujar desde la presión, a robar más arriba y a encontrar a Vicente entre líneas. Andrés Martín avisó primero, con un disparo dentro del área que obligó a Horkas a intervenir, preludio de lo que estaba por venir.
El partido cambió de temperatura a la media hora, cuando El Sardinero descubrió que ese chico de la cantera, Manex Lozano, tiene algo de estrella callada. En el 28, un balón servido por Iñigo Vicente encontró al delantero en el corazón del área: control orientado con la zurda, definición seca al palo contrario y rugido de grada. El 1-0 hacía justicia a un Racing que ya mandaba en el juego y en el ambiente. Pero Las Palmas, equipo trabajado y ambicioso, no tardó en responder.
En una falta lateral, pasada la media hora larga, el desorden se impuso en el área local y Manu Fuster fue el más listo en el barullo para empatar casi a bocajarro. El golpe pudo haber enfriado la tarde; lo que hizo fue encenderla del todo. El Racing no se descompuso, al contrario: subió una marcha, encontró a Sangalli por derecha y a Salinas por izquierda, y convirtió el tramo final del primer acto en un asedio. Vicente probó, Salinas rozó el gol desde la frontal y Puerta afinaba la mira.
El premio llegó en el añadido, en ese tiempo que separa a los equipos que se conforman de los que insisten. En el 45, una jugada embarullada dentro del área dejó el balón muerto en zona de remate. Andrés se la peleó, Puerta la cazó y, con la derecha, la empujó al centro de la portería. El 2-1 antes del descanso era algo más que un resultado: era un mensaje. El Racing se iba al vestuario por delante y con la sensación de que, a poco que afinara, la tarde podía acabar en fiesta.
Tras el paso por vestuarios, Las Palmas movió ficha con la entrada de Iker Bravo y trató de estirarse de nuevo. Viera lo intentó a balón parado, Amatucci buscó el disparo desde la frontal y la zaga cántabra fue sumando duelos ganados. El choque se convirtió entonces en una partida de ajedrez en la que el Racing supo esperar su momento. Lo encontró con el primer movimiento de banquillo de José Alberto: la entrada de Suleiman Camara por un lesionado Andrés, justo antes de la hora de juego.
El encuentro se rompió definitivamente en el tramo en el que las piernas pesan y las decisiones definen partidos. En el 67, balón largo de Ezkieta, peinada de Manex y carrera de Suli al espacio: el extremo, en plena racha, encaró a Horkas, mantuvo la cabeza fría y firmó el 3-1 con un remate al centro de la portería que desató la locura en las gradas. Era el tanto que abría brecha en el marcador y en la moral de un rival que, pese a todo, aún quiso engancharse con remates de Mármol, Barcia y Clemente.
Pero la noche estaba escrita en verde y blanco. Apenas cuatro minutos después, cuando El Sardinero aún saboreaba el tercero, llegó el broche. En el 71, una jugada elaborada por banda izquierda, con Salinas pisando campo contrario, acabó en un balón franco para Iñigo Vicente en el corazón del área. El de Derio, que llevaba todo el partido manejando el ritmo, enganchó un disparo con la derecha cruzado, ajustado, de esos que son media firma, para rubricar el 4-1 y voltear, además, el ‘golaverage’ particular con los canarios.
Con el partido decidido, el Racing supo administrar la ventaja y el esfuerzo. Entraron Íñigo Sainz-Maza y Mario García para refrescar el centro del campo y el costado, y más tarde lo hicieron Maguette y Hernando, mientras Manex se despedía del césped ovacionado tras firmar un partido de nueve puro: gol, asistencias y un trabajo incansable de espaldas. Las Palmas, pese al carrusel de cambios con Pejiño, Estanis o Benedetti, se topó con un equipo que ya jugaba con la confianza completa de un estadio que no dejó de cantar hasta el pitido final.
El marcador ya no se movió, pero sí lo hizo la sensación de la tarde: la de que el Racing se ha ganado a pulso ser tomado muy en serio en la lucha por todo. Ante un rival directo, firme y bien armado, el conjunto cántabro firmó una victoria robusta, de líder que se mira al espejo y se reconoce. El Sardinero despidió a los suyos de pie, consciente de que tardes como esta, de remontada, goleada y reivindicación, no se explican solo con números. También con algo tan sencillo y tan complejo como un equipo que compite, cree y hace creer.













