Cuando la lluvia comenzó a caer sobre los Campos de Sport de El Sardinero, convertida la atmósfera en bruma que envolvía los focos como un telón de teatro, el Racing plantó batalla contra la mejor versión del Barcelona. No fue suficiente. El combinado azulgrana, escaldado por lo sucedido en Albacete con el Real Madrid y desentendiéndose de confianzas, se tomó el choque con la seriedad que le faltó a los blancos. Apenas veinticuatro horas después de ver caer al todopoderoso Madrid ante tierras manchegas, Hansi Flick metió mucha de su artillería en el campo desde la salida. Y así, en el minuto 65, con los verdiblancos cántabros aún intactos, llegó la primera sentencia. Ferran Torres abrió la lata tras una puesta en escena de precisión quirúrgica de Fermín. Luego vendría el añadido del que presagia los finales ajenos: Lamine Yamal, sentenciando en el 95 cuando el Racing rozaba el empate.
El encuentro arranque con tormenta de espera. Retrasado quince minutos antes del pitazo por problemas en los accesos, con casi 22.500 almas apretujadas bajo el agua que se colaba entre paraguas y capuchas. José Alberto, observando desde la tribuna porque una sanción le vedaba el banquillo, confiaba en lo que había que confiar: en el orden táctico de sus pupilos, en esa defensa que se abraza a sí misma como quien defiende el último refugio.
La primera mitad fue ballet defensivo, minimalismo cántabro llevado al virtuosismo. Con apenas cuatro jugadores que había visto el campo de batalla frente al Zaragoza los días anteriores, los de la casa tejieron una red que apenas dejaba respirar a los blaugranas de posesión interminable. En el minuto veinte, una contra fulminante de Suleiman Camara encontró a Giorgi Guliashvili —aquello era su bautismo en la colisión verdibanca— quien soltó un disparo de esos que te hacen suspender la respiración, pero Joan García, acechante como felino, cazó el envío. Luego vendría la tesitura ofrecida a Ezkieta, acoso tras acoso, pero el guardameta navarro que en su día tocó cantera azulgrana respondió cada vez que fue requerido. Los de Flick se movían con la lógica de quien sabe que solo la precisión mata. Lamine Yamal, foco de los ataques por la derecha, se apoderaba del balón como quien entiende que cada posesión es un tributo que le deben. Pero la frialdad defensiva del Racing no aflojaba. Cuarenta y cinco minutos de resistencia que terminaron con 0-0 acunado en los pechos de los locales como un tesoro hallado.
En el reinicio, cambió la película. Manex Lozano sustituyó a un Arana que no estaba recuperado del todo, mientras Sangalli y Damián llegaron a rematizar la tarea defensiva. El Barcelona, como si le hubiesen enchufado voltaje mayor, comenzó a ahogar al Racing. No eran golpes directos. Era sofocación, cerco, la ilusión de que cada posesión terminaría en gol. Ezkieta fue entonces sublime. En el minuto 49, tiró la mano izquierda como quien salva vidas y desvió un remate de Rashford que prometía. Después, cuando el córner de Lamine Yamal besó el larguero y el tormento se volvió físico, el portero se mostró indómito ante la embestida catalana. Fue en el 65 cuando se rompió el encantamiento. Una contra velocísima, un pase lateral de Fermín que desmenuzaba la defensa montañesa, y Ferran Torres —el que ya partía hacia el banquillo— ejecutó su último acto antes de ceder el testigo, dejando a Ezkieta sin opciones, que salió mal.
Pero el Racing no se rindió. Lo que vino después fue acaso lo que José Alberto predicaba en las charlas privadas: la valentía de quien no tiene nada que perder sino todo por ganar. Manex Lozano, ariete navarro de diecisiete primaveras de experiencia condensada, buscó el empate como quien busca aire un náufrago. En una contra que les regalaba el mundo, Suleiman metió un tacón para Lozano, que giró el cuerpo. El cuero rebotó en Cubarsí y se fue fuera. Luego llegarían dos goles anulados por fuera de juego, cada cancelación haciendo más pequeño el corazón racinguista. Y en el descuento, en esa tierra de nadie donde los sueños se mueren de frío, un mano a mano de Manex ante Joan García. El portero culé salió como quien conoce el libreto de estas historias. Levantó el guante en el momento exacto. No entró.
En la siguiente jugada, con apenas segundos en el cronómetro, Lamine Yamal convirtió un contrataque de tres contra uno en sentencia. El 0-2 definitivo en el 95, palabra final de una noche donde el Barcelona recordó a todos que no se toma la Copa a broma cuando hay enemigos acechándote desde Albacete.
José Alberto no se guardó nada en rueda de prensa. Felicitó al Barça por el paso a cuartos, lamentó esas dos o tres ocasiones claras que su equipo no convirtió. «Hemos sido valientes», dijo. «Hemos interpretado muy bien lo que tocaba en cada momento». Porque eso es lo que fue aquella noche: interpretación de dignidad. El Racing no partió en dos al Barcelona, pero le hizo sudar. Le hizo sufrir. Y eso, en una copa donde lo grande es poder seguir adelante, vale.
Dos días después llegaría Las Palmas, el colíder de Segunda. Allí estaba la verdadera ilusión verdiblanca, el sueño que no puede interrumpirse: el ascenso a Primera División. La Copa era catarsis. Las Palmas es el camino.
Nadie en El Sardinero podía quejarse de lo que habían visto. La lluvia siguió cayendo después, borrando del terreno el barro de la batalla. Quedó el recuerdo: que el Racing cántabro, de Segunda División, estuvo a unos toques de prórroga ante el campeón de la Supercopa. Eso es honor. Eso es, quizá, más valioso que cualquier trofeo.














