Hay empates que saben a victoria y partidos que deberían prescribir a los cinco minutos. El Racing inauguró su 2026 en Valladolid con una mezcla de ambas cosas: firmó una igualada (1-1) que vale su peso en oro por cómo se puso la tarde, pero lo hizo tras perpetrar cuarenta y cinco minutos iniciales indignos de un equipo que mira a Primera División desde la azotea de la tabla. El líder, que llegó a Pucela con el traje de gala, acabó manchándose de barro para evitar la derrota en un duelo esquizofrénico, donde pasó de la inoperancia absoluta al asedio final, rozando incluso una remontada que hubiera sido excesiva para sus méritos globales.
Lo de la primera parte fue para quemar la cinta de vídeo. Racing y Valladolid saltaron al césped del José Zorrilla tiritando, y no solo por el frío castellano. Los de José Alberto, quizás atenazados por la responsabilidad o simplemente desconectados, ofrecieron un espectáculo soporífero, un tratado de la nada donde el miedo a perder devoró cualquier intención de ganar. Fue un armisticio de no agresión, un fútbol plano, burocrático y sin alma. El debut del canterano Laro en la portería, que debía ser la noticia del día, quedó eclipsado por la espesura general. Ni un disparo con intención, ni una trenza ofensiva, ni rastro de la verticalidad que ha hecho temible a este equipo. El descanso llegó como una bendición para una grada que bostezaba ante la esterilidad de dos equipos que parecían jugar con el freno de mano echado.
Pero el fútbol, caprichoso, tenía guardado el guion en la segunda mitad. El Valladolid, espoleado por la llegada de Tevenet, decidió dejar de especular. Peter Federico avisó estrellando un balón en el palo y el Racing empezó a sentir el vértigo. Para colmo de desgracias, Villalibre se rompió, dejando su sitio a Arana. Aún se está pendiente de la evolución del búfalo. Y entonces llegó el castigo, merecido, en el 63: un córner mal defendido, marca de la casa en las tardes tontas, permitió a Tomeo cabecear a placer ante la impotencia de Laro.
Con el 1-0, el Racing estaba en la lona, grogui y pidiendo la hora. Y ahí ocurrió el milagro, el giro de guion que cambia temporadas. Laro, nervioso, pifió un despeje que dejó el balón en los pies de Víctor Meseguer. El exracinguista, con todo el arco para él y la hinchada local celebrando el segundo, mandó el balón fuera. Fue un indulto en toda regla, un error histórico que despertó al líder de su letargo.
Verle las orejas al lobo activó el orgullo verdiblanco. José Alberto agitó el árbol con Sangalli y Suleiman, y el equipo, ahora sí, se fue arriba con todo. Arana, puro nervio, forzó un penalti claro de Tomeo —héroe y villano en veinte minutos— y Andrés Martín no perdonó. El sevillano fusiló la escuadra con esa zurda de seda y convirtió el final del partido en un manicomio.
Con el Valladolid con diez por la expulsión de Tomeo, el Racing olió la sangre. De la nada más absoluta había pasado a tener el partido en el bolsillo. Andrés tuvo el 1-2 en un mano a mano que se fue lamiendo el poste y al equipo se le anuló un gol en el descuento por un fuera de juego milimétrico. Al final, el punto permite seguir sumando, pero el susto de Zorrilla deja un aviso para navegantes: en esta categoría, regalar medio partido es jugar a la ruleta rusa. Y hoy, el Racing esquivó la bala gracias a Suleiman que fue quien revolucionó el partido.















