Carmen Martín. Portavoz de Izquierda Unida Cantabria.
Amigo, el 8 de marzo no es una fiesta. No es un día para “felicitar a las mujeres” como si ser mujer fuera una efeméride decorativa o una condición que merezca aplauso. No. Tampoco va de campañas que duran veinticuatro horas. Es el día de reivindicar la igualdad real de derechos, y para todos los días del año: en casa, en el trabajo, en la calle, en los juzgados, en las aulas y en los hospitales.
Compañero, sé por eso que el 8M molesta. P
orque no se celebra: se reivindica. Se señala lo que falta, lo que se rompe, lo que se niega. Se nombra lo que a algunos y algunas les resulta insoportable que nombremos. Y se defiende lo conquistado, porque lo conquistado es frágil y quizás, llámame loca, esté en riesgo.
Estamos asistiendo a una ofensiva que no es casualidad: se está demonizando el feminismo y se nos pretende ridiculizar para que callemos. “Charo” como insulto, “feminazi”, “loca del moño”, “exagerada”, “amargada”. La estrategia es vieja: si no puedes rebatir lo que decimos, intentas desacreditarnos a nosotras y a nuestros compañeros. Y lo más cínico es que lo hacen desde una supuesta superioridad moral, como si pedir igualdad fuese un extremismo y, con esto, decir que sí, que soy una roja, que de extrema izquierda y que tú tienes la cura. Desacreditar cuando no hay argumentos.
Amigo, yo también podría jugar a los motes, tengo sentido del humor, pero mi pelea no va de ganar una discusión en redes. Tampoco de tener una banda de hooligans que me rían las gracias. Va de algo más serio: creer en la igualdad y el respeto como cimiento de sociedad. No creo en tu mundo desigual, donde tú siempre ganas; creo en un mundo con derechos para todos y para todas.
Por eso, cuando niegas la violencia de género, no me vendas que es una opinión más. Es política. Es una decisión. Es construir un marco donde el agresor tiene contexto, coartada, excusas, comprensión; y la víctima, sospecha. Negar la violencia machista tiene efectos concretos: enfría la prevención, recorta recursos, desautoriza a profesionales, desanima a víctimas, normaliza el chiste, el control, la amenaza. Y cuando la violencia se normaliza, el siguiente paso no está en debate: es dolor y desprotección.
Amiga, no me vengas con la trampa de “todas las opiniones son respetables”. No lo son cuando blanquean la violencia. No lo son cuando convierten nuestros derechos en un capricho ideológico. No lo son cuando vuelven a poner sobre nosotras la carga de demostrarlo todo, de explicarlo todo, de aguantarlo todo.
Y mientras se discute si existe o no existe, seguimos con el golpe más brutal: mujeres asesinadas que habían denunciado. Cada vez que una mujer que pidió ayuda acaba muerta, el sistema ha fallado en lo esencial: proteger el derecho a la vida. No hace falta maquillarlo con tecnicismos: las cifras de violencia no son ideología. Puedes haber hecho “lo que toca”: denunciar, pedir orden de protección. Pero sabes que esto no basta. Lo sabemos: el riesgo no se neutraliza con mi buena conducta, porque el problema no es lo que hicimos nosotras, sino lo que decide hacer quien cree que tiene derecho sobre nosotras.
Todo esto está en un engranaje que tiene ausencias deliberadas: educación en igualdad y, por qué no, educación sexual. Ahora también se la ataca: enseña lo que algunos prefieren que no sepamos. Se la llama “ideología” para no decir “derechos”. Pero sin educación sexual no hay cultura del consentimiento: hay pornografía como manual, machismo como norma y culpa como castigo. Y así se fabrican relaciones donde insistir se confunde con seducir, presionar se confunde con “conquistar”, invadir se confunde con “tener derecho”. El consentimiento no es un trámite, es un principio. Sin eso, no hay deseo: hay poder. Amigo, créeme: si te han vendido esto, tú también pierdes.
Y sí: hemos avanzado. Y no me digas que no lo has notado. Han cambiado leyes, protocolos, permisos, conversaciones, expectativas. Se ha reducido la precariedad laboral de muchas mujeres, se han abierto grietas en el techo de cristal, hemos avanzado en los cuidados, tenemos voz… aunque algunas se quieran silenciar.
Así que este 8M, por favor, no me felicites. No quiero felicitaciones por ser mujer. Quiero que no se negocie ni se ridiculice la palabra igualdad, que se vea reflejada en la remuneración salarial, que no se normalice la negación de la violencia, que se eduque en consentimiento, que se proteja de verdad, que se aborde la violencia vicaria sin excusas, que la sanidad pública no falle a las mujeres y que nadie se atreva a llamarnos exageradas mientras seguimos enterrando a mujeres.
El 8 de marzo, compañero: lucha feminista, muro antifascista.












