En el Vicente Trueba se respiraba ese aroma a partido duro, de esos que arrancan trabados y terminan definiendo caracteres. El Grupo Alega Cantabria recibió al Grupo Caesa Cartagena, un equipo que llegaba con la resaca de dos triunfos consecutivos y la ilusión de seguir escalando, pero los locales no estaban por la labor de regalarles la fiesta. Con un juego cerebral, moviendo la pelota como quien teje una red fina, los de Lolo Encinas fueron construyendo una victoria trabajada, de las que pesan: 78-72. Un resultado que sabe a oxígeno puro para un Alega que necesitaba los puntos como el aire.
El arranque fue de estudio, con Garuba y Rivera llenando el parquet más con presencia que con puntos. Los cartageneros, revitalizados en las últimas jornadas, parecían querer imponer su físico, pero el antídoto local llegó por donde menos se espera: la cabeza. Alonso apostó por la imaginación frente al choque directo, y el equipo respondió soltando la bola con un criterio que rozaba la clase. Ahí emergió Powell, el jamaicano convertido en pesadilla recurrente para los albinegros. Agarrados a su muñeca, los cántabros fueron estirando la cinta métrica del marcador sin hacer ruido: 24-16 al final del primer cuarto, un colchón que parecía pequeño pero que fue creciendo como bola de nieve.
El segundo acto trajo el primer aviso visitante. El Cartagena, torpe en el tiro —fallando dos de cada tres intentos—, vio cómo el Alega se ponía pesado, denso, casi imantado al aro. El 39-41 al intermedio llegó como un mazazo lento, y los locales parecían descolocados, sin saber por dónde les venía la amenaza. El problema cartagenero, sin embargo, parecía ir más allá de los números: Alberto Martín y Rivera apenas pisaron pista hasta los instantes finales, dejando al equipo huérfano de dirección. Ayesa intentó contener la sangría, pero el Alega ya había calibrado su maquinaria.
La segunda mitad fue un pulso de voluntades. El Cartagena encontró coraje donde le faltaba juego y llegó a recortar hasta el 63-53, un arreón que paralizó momentáneamente a los de Alonso. El Vicente Trueba olió la posibilidad de remontada, y no era para menos: el Caesa, incluso en su versión más gris, halló escapes por puro esfuerzo. Pero el partido estaba lejos de sentenciarse, y ahí radica la grandeza de estas victorias cabronas, de las que se ganan apretando los dientes.
Y entonces apareció Powell. No como un relámpago, sino como quien lleva la dinamita en el bolsillo y decide usarla. Un triple que entró limpio, seco, como un disparo. El Cartagena, que se había colado de rondón en el partido, se vio de repente de más. El Alega Cantabria, ese equipo que tantas veces ha patinado en momentos clave, atrapó una victoria inmensa, de las que liberan demonios y devuelven la confianza. Frente a un rival que llegaba en racha, los locales supieron leer los tiempos, vivir de las rentas cuando tocaba y rematar cuando dolía.
El 78-72 final borra sonrisas foráneas y dibuja una propia en Torrelavega. El Cartagena pierde el aura que traía, mientras el Alega respira, mira hacia arriba y empieza a creérselo. En la Liga, estas noches son las que marcan calendarios.













