Esta tarde del 5 de enero, Cantabria se ha transformado en un tapiz vivo de luces titilantes, aplausos ensordecedores y el rumor constante de miles de voces infantiles que claman regalos al viento helado. Como un río de fantasía desbordado, las cabalgatas de los Reyes Magos han serpenteado por villas y pueblos, dejando a su paso estelas de caramelos que crujen bajo las botas y promesas susurradas al oído de los más pequeños. Desde el arranque en Santander, con familias acampadas desde las seis como guardianes fieles de la tradición, hasta el último adiós en iglesias remotas como la de Cosío en Rionansa, Sus Majestades han desafiado al termómetro –que en Reinosa ya marcaba bajo cero– para pintar una jornada inolvidable, adelantada en algunos sitios por la amenaza de un frío que cala hasta los huesos.
En Torrelavega, corazón palpitante del Besaya, la expectación era un hervidero humano a las 18.25, con todo a punto para un desfile que arrancó a las 18.40 –una hora antes de lo previsto, para no tentar a la helada nocturna– entre aplausos que retumbaron como truenos desde el Mercado Nacional de Ganados. Cientos de almas se congregaron para ovacionar a la banda municipal, al tiempo que los Reyes, recién salidos de varias visitas entrañables donde obsequiaron a pacientes y niños con paquetes envueltos en esperanza, se encaramaban a carrozas que evocaban un ejército invernal: muñecos de nieve erguidos como centinelas, osos polares rugiendo bajo focos y pingüinos tambaleantes. La carroza de Melchor, soberbia lideraba una procesión multitudinaria que desataba fuego, acrobacias y música atronadora , con osos luminosos gigantes danzando como constelaciones caídas del cielo.
La fiesta no amainó: el tren de la Navidad serpenteaba por el Ferial a las como un dragón mecánico parte del séquito real, mientras Melchor descendía de su trono rodante a las para estrechar manitas temblorosas, en una capital comarcal «hasta la bandera», rebosante de vida bajo el manto estrellado. Era un carnaval de emociones crudas, donde el humo de las antorchas se mezclaba con el aliento colectivo, y cada grito de «Melchor», «Gaspar» o «Baltasar» resonaba como un eco ancestral de la infancia eterna.
Santander, por su parte, bullía en una sinfonía de colores desde las 18.42, cuando la carroza de La Pera irrumpió desde Gamazo cargada de iconos que avivaban recuerdos: el verde de Barrio Sésamo, el cohete de Buzz Lightyear, los rugidos de Monstruos S.A., el fontanero Mario Bros y el ogro Shrek, todo salpicado por el villancico perenne de David Bisbal que se colaba entre tambores infantiles. Las coreografías a las eran un torbellino incesante de grupos danzantes y disfraces extravagantes, mientras en Puertochico, Melchor se inclinaba ante los primeros balbuceos: «¡Juguetes, ropa y zapatillas!», clamaban los valientes encaramados a hombros ajenos. Gaspar, audaz mensajero, se acercaba a Correos con los más osados lanzando pujas imposibles –patinetes eléctricos, PlayStation 5–, y la comitiva culminaba en la plaza del Ayuntamiento, donde desde el balcón las voces de los Reyes se fundían con el rugido de una multitud que había aguardado con gorros de lana, sillas plegables y termos humeantes, contando minutos como perlas de un rosario.
Fuera de las urbes, el hechizo se desplegaba en pinceladas íntimas y grandiosas. En Los Corrales de Buelna, a las 20.13, más de 300 almas –ocho carrozas, norias giratorias, carboneros ceñudos, música y bailes endiablados– colmaron la plaza de la Constitución, para desembocar en el salón del Espacio La Plaza, adornado como un palacio oriental donde cientos de niños y niñas desgranaban últimas súplicas ante pajes atentos, representantes de toda la comarca. Santoña vivió su epopeya a las 19.48: Sus Majestades descendían del monte Buciero, paraban en la iglesia y, en el parque de Manzanedo, interrogaban sobre buenas conductas –un «¡síííí!» coral, rotundo como un juramento, precedía al chocolate caliente repartido en la plaza de San Antonio, donde emocionados rostros se iluminaban con peticiones finales.
En Suances, epifanía marina a las 20.47 con llegada en barco; San Vicente de la Barquera, postal idílica a las 19.55 con fondeo del pesquero Hermanos Peñil en el puerto, cientos de niños arremolinados y una imagen onírica en el Puente de La Barquera con castillo al fondo. Escalante bullía a las 20.42 en colas serpenteantes de infantes nerviosos junto al Ayuntamiento, familias enteras prendidas en la fiebre del saludo real. Polaciones, entrañable rincón, vio regalos entregados uno a uno en cada aldea del valle; Arnuero, balcón festivo en Castillo Isla, recibimiento cálido, Reinosa, vibrante pese al hielo; y Cosío (Rionansa), cierre poético con los Reyes y pajes en la iglesia.
Ni las adversidades empañaron el fulgor: en Unquera el tren traicionero retrasó 25 minutos la llegada –de las 18.31 a casi las 19:00, eco de averías pasadas–, con familias interrogando al aire y el alcalde Roberto Escobedo en sintonía constante desde El Peral. Santillana del Mar, joya medieval, escenificaba a las 19.39 la adoración de Pastores al Niño Jesús en la Plaza Mayor, dentro de un belén viviente que atraía miles de personas , con camellos reales y antorcheros desde las cinco.
En Camargo, bienvenida aérea en el Aeropuerto Seve Ballesteros con 2.500 espectadores, llave mágica del alcalde Diego Movellán y desfile de 550 desde Paseo de Bruno Alonso –DJ, G-Family, batukadas, hadas danzantes, tren navideño y más– hasta la Plaza de la Constitución. Reinosa, gélida pero fervorosa, con carroza de Peña Detroit y Veteranos. Hospitales como Valdecilla, Tres Mares y Santa Clotilde, visitas previas con ofrendas al Niño Jesús. Temperaturas testigo: 6º en Santander, 4,9º en Torrelavega, -1,3º en Reinosa.
Las cabalgatas se desvanecen en la penumbra, pero la magia perdura: niños apurando sueños con dibujos garabateados –»He sido buena»–, madres contando horas de vigilia, padres lanzando corazones al aire. Hora de arroparse, de dejar que los camellos pasten en silencio y los pajes carguen sacos. Mientras los niños y el equipo de El Mirador, nos despedimos con el corazón henchido: gracias por acompañarnos en esta epopeya anual. Feliz Noche de Reyes, que los astros conspiren a vuestro favor.
























































