El georgiano Giorgi Guliashvili no volvió a Santander con el resto de la plantilla; regresó de forma independiente, entre el ruido de la maquinaria del ferri, los faros de los coches en la penumbra y la paciencia de quien ya ha recorrido demasiado mundo sobre césped. El delantero del Racing, que jugó el partido en el estadio ceutí , se quedó en Ceuta mientras el resto de la expedición volaba de regreso a la capital cántabra. Su regreso se convirtió en una travesía larga, tortuosa, casi de viaje secreto: el último tren de la caravana, el que encabeza la lista de la espera.
Todo empezó en el pasaporte. Un problema con los documentos dejó a Guliashvili clavado en la tierra de la isla cuando el avión chárter de la plantilla ya se había puesto en marcha. El equipo, que viajó desde Santander hasta Tetuán en un vuelo directo y desde allí tomó autobús para entrar en Ceuta, regresó siguiendo la misma ruta inversa, sin incidentes. El resto de los jugadores descansó en el aeropuerto, emprendió rumbo a casa y al llegar dormía ya en el abrigo de la capital. Guliashvili, en cambio, tuvo que rehacer el camino desde el principio, pero esta vez sin el refugio de la comodidad grupal.
El plan original saltó por los aires. En lugar de subir a un avión , el futbolista debía cruzar el estrecho por mar. Junto al responsable de relaciones institucionales del club, Víctor Diego, bajó al puerto de la isla, vio amanecer sobre el mar y se embarcó, mientras el resto del equipo ya volaba por encima de la Península. El barco se deslizó entre dos continentes, cruzando el Estrecho de Gibraltar, mientras en el cielo el avión de la plantilla dibujaba una estela invisible en la que el delantero, en teoría, también iba incluido.
La llegada a Algeciras marcó el inicio de la segunda parte del viaje. El ferri atracó con la luz del día ya asentada, y el georgiano, seguido de cerca por Diego, cambió el vaivén del mar por el asfalto de la carretera. El coche tomó la autovía, sorteando el laberinto de la Bahía de Algeciras, y se dirigió hacia Málaga, punto elegido como puerta de salida aérea hacia la comunidad autónoma. El trayecto entre Algeciras y Málaga fue largo, pero silencioso, con el paisaje de la costa andaluza deslizándose por las ventanillas, como si la geografía quisiera compensar la espera con espectáculo visual.
Desde Málaga, el destino era claro: Bilbao. El aeropuerto de la capital vasca se convirtió en el siguiente eslabón de la cadena, la última conexión antes de Santander. El vuelo trazó el perfil de la geografía interna del norte, con la silueta de la cordillera divide el paisaje. El georgiano, acostumbrado a la velocidad del fútbol, pasaba ahora por la lentitud de los trámites: el control de seguridad, la espera en sala, la rutina de la cabina, hasta que el avión despegó rumbo a Cantabria,
La llegada a Santander se produjo ya bien entrado el día. El delantero, que había visto anular dos goles en el Murube por fuera de juego, se reintegró al entorno del club de la forma más discreta posible: sin ceremonia, sin cámaras, sin el ruido de la plantilla. El resto de la expedición, que ya había vuelto horas antes, había descansado, comido y se había preparado para el día siguiente, en el que se abre la jornada de trabajo. Guliashvili, en cambio, concluyó el viaje con la fatiga de la competición y el cansancio de la travesía acumulados, como un futbolista que ha corrido de más.
En el fondo, el viaje de Guliashvili se convirtió en una metáfora de su propia carrera: el jugador que ha atravesado continentes, liga tras liga, y que hoy, tras un recorrido de más de 24 horas, se reincorpora al mismo club, al mismo entorno, al mismo lugar de origen. El georgiano, que ha jugado en Georgia, croacia y la Liga Premier de Bosnia, regresa a la realidad de Santander como un viajero que ha visto demasiados puertos, pero que siempre vuelve a la misma costera.












