Hay noches en la historia de los pueblos que quedan grabadas con fuego en el corazón de sus gentes. Noches que trascienden el resultado de un partido, que se convierten en símbolo de algo mayor: la dignidad, la ilusión, el orgullo de saber quién se es. Esta es una de esas noches.
Santander se viste de gala este jueves. Las calles que bajan hacia El Sardinero susurran historias olvidadas. Durante catorce años, los grandes se han ausentado de estos Campos de Sport, como si la ciudad hubiera quedado relegada a un rincón de la memoria del fútbol español. Catorce años de espera, de nostalgia silenciosa, de sueños guardados en un cajón. Pero esta tarde, la Copa del Rey abre una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
El Barcelona, ese equipo que acaba de conquistar la Supercopa de España en Arabia Saudí con la precisión de los campeones, cruza el mar Cantábrico. Llegan invictos, soberanos, seguros de sí mismos como quien sabe que la historia está de su lado. Hansi Flick trae consigo la mejor versión del Barcelona contemporáneo: diez partidos sin perder, un equipo que juega como si cada balón fuera una sinfonía orquestada.
Pero aquí, en El Sardinero, existe otro Barcelona. El del 11 de febrero de 1995, cuando el equipo de Johan Cruyff fue goleado 5-0 por un Racing que tocaba el cielo con las manos. Una noche que entra en las leyendas de un club. Una noche que los racinguistas acarician como quien toca una reliquia sagrada. O el del 11 de febrero de 2001 en la que el Racing venció al equipo de Xavi, Luis Enrique, Kluivert o Rivaldo por un contundente 4-0. Una temporada, por cierto, en la que el Racing bajo por anteúltima vez de la máxima categoría, en aquella ocasión tan solo se tardó un año en regresar a la Primera División de la mano de Quique Setién en el banquillo.
Porque el Racing de hoy no es el mismo de entonces, es cierto. Viene de Segunda División, de años en el exilio, de la peor época en su historia, como reconoce Íñigo Sainz-Maza, ese capitán que comenzó siendo recogepelotas. Pero llega como líder de la LaLiga Hypermotion, con una afición que ha recuperado la fe. El Sardinero es un volcán. El ambiente, dicen todos, es irrespirable.
José Alberto López, el técnico que duerme «más profundo que nunca», ha pedido a sus hombres que disfruten, que no tengan miedo. «Cuando el balón empieza a rodar estamos al 50%», ha dicho. Es la verdad de un entrenador que cree en su gente, que sabe que hay noches en las que el fútbol no se juega en el pecho, sino en el alma.
Frenkie de Jong está castigado por la expulsión de Arabia. Christensen y Gavi lesionados. El Barcelona tendrá que mover fichas, equilibrar ambiciones. Aquí, en El Sardinero, Cantabria entera respira de la misma manera. Hoy los pasillos van llenos de nerviosismo. Los bares cuelgan banderas verdiblancas. Los niños que, una vez, llevaban camisetas del Real Madrid o del Barcelona, ahora visten de verde y blanco. Eso es un símbolo. Eso es el corazón del racinguismo renacido.
A las 21.00 horas, bajo el cielo de Santander, el tiempo se detendrá por noventa minutos. La pizarra de José Alberto se mirará de frente con la precisión táctica de Flick. Habrá elegancia blaugrana. Habrá coraje verdiblanco.
El Barcelona es favorito. La historia lo dice. La matemática también. Pero en el fútbol, como en la vida, hay momentos donde la lógica se quiebra. Hay noches en las que un equipo hambriento, apoyado por una multitud que cree en imposibles, es capaz de rozar la magia.













