La joven abogacía no es sospechosa: es oportunidad presente
Ser joven en el ámbito profesional no es un privilegio. De hecho, a menudo es una sospecha. Y, en un mundo profesional en el que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”, el papel que desde la joven abogacía debemos asumir pasa por entender que la profesionalidad no solo se mide en años.
La profesionalidad se mide en las horas que pasas sentado delante de un expediente, poniendo atención hasta en la última coma, porque todas las semanas tienes “el juicio de tu vida”; en el número de veces que recitas tus conclusiones delante del espejo tratando de mejorar tu oratoria. También se mide en el compromiso y templanza que muestras en Sala aunque por dentro te estés deshaciendo.
Pero, sobre todas, se mide en dos cuestiones muy sencillas:
La primera de ellas es la gracia, perspicacia y cintura que demuestras para salir del paso cuando el cliente acude a ti por primera vez y te suelta el clásico: “Qué joven eres ¿no?”
Y la segunda, es la humanidad que demuestras para que ese mismo cliente, en vuestro ultimo encuentro te dedique unas palabras de sincero reconocimiento y agradecimiento.
“La experiencia es un grado”, y ya llegaremos. Pero en el camino -sin dejar de aprender de aquellos que llevan ya un tiempo por aquí-, reivindiquemos el lugar que nos corresponde. No queremos ser “la nueva generación”, queremos ser escuchados en esta. Porque el futuro de la abogacía no está por venir: ya está aquí.












